Madres y mujeres, con y sin poder.
Una de las cosas que algunas personas van a leer con incomodidad en Materfiesto es el pellizquito que le pego a Simone de Beauvoir. Y digo “pellizquito” porque eso es exactamente lo que es dentro del libro: una punzada, una frase, una señal. No un tratado entero sobre ella. No porque no haya más bombaque decir, sino porque un libro tiene una economía interna y una extensión finita, y yo no escribí Materfiesto para convertirlo en una enciclopedia de todo lo que pienso sobre cada autora, cada juez, cada teólogo o cada desastre humano que se cruzó por mi camino.
Por eso al final del libro está el enlace a al blog.
Porque hay ideas que en el libro aparecen como detonación y luego necesitan aire, espacio y un artículo aparte para desplegarse con más precisión y profundidad. Lo hice así a propósito. Por economía de espacio, sí, pero también por método y por efecto. Prefiero abrir ciertos temas en el libro, aunque sea un poco teatral y desarrollarlos uno a uno donde corresponde, sin convertir el texto principal en una procesión de paréntesis interminables.
Simone de Beauvoir es uno de esos casos, precisamente porque es y fue importante. Su pensamiento es influyente y se la sigue tratando como vaca sagrada del pensamiento feminista. Por eso me interesa señalar el límite y el daño de ciertas ideas suyas.
Ella abrió una grieta decisiva. Separó, de un modo tal vez demasiado radical, a la mujer de su realidad encarnada y así dejó una puerta entreabierta por la que después otros han entrado para vaciar la categoría mujer de toda materialidad. No digo que ella sea responsable de cada derrape posterior. Digo que una inteligencia enorme puede abrir caminos que luego otros recorren y eso tiene serias y graves consecuencias y esto merece ser apuntado.
Ahora bien, me hago otra pregunta más incómoda todavía, y aquí es donde casi nadie quiere entrar porque en general, se prefiere el mármol del canon a la carne viva de la vida: ¿desde dónde habló Simone de Beauvoir sobre la maternidad?
No podemos saber si tuvo una maternidad frustrada pero esa posibilidad no es absurda. Una mujer profundamente enamorada de un hombre puede haber deseado un hijo suyo. Puede no haberlo tenido por mil razones: porque no quiso, porque él no quiso, porque ninguno quiso, porque no pudo, porque no se dio. No lo sabemos. Y como no lo sabemos, no lo afirmo.
Lo que sí afirmo es que su no-maternidad importa.
No porque ser madre garantice inteligencia, ni empatía, ni amor por otras madres. Basta pisar un juzgado de familia para comprobar lo contrario. Hay juezas madres y psicólogas madres capaces de humillar a otras mujeres, de mirar con frialdad burocrática a una madre devastada al anunciarle que la alejan de sus hijos, de firmar o sostener decisiones monstruosas sin que se les mueva una pestaña. Ser madre no santifica a nadie. No vacuna contra la crueldad ni convierte automáticamente a una mujer en aliada de otras mujeres.
Pero tampoco se puede fingir que no haber sido madre es irrelevante cuando se habla de maternidad para generaciones enteras.
Esa es la cuestión.
No sostengo que solo las madres puedan pensar la maternidad sino algo bastante más simple y más serio: la experiencia importa, aunque no salve a nadie. Y por eso me permito dudar de que Simone de Beauvoir hubiera dicho exactamente lo mismo sobre la maternidad si la hubiera atravesado en su propio cuerpo y en su propia vida.
¿Tengo una certeza del cien por cien? No.
¿Me parece una duda legítima? Sí.
Y esa duda se vuelve todavía más interesante cuando se la pone junto a otro fenómeno que vemos todos los días: mujeres que llegan a posiciones de poder patriarcal y son más duras que los hombres que las rodean.
Muchas madres se decepcionan cuando entran a un juzgado o a una consulta y piensan aliviadas: “menos mal, me tocó una jueza y no un juez”, “menos mal, me tocó una psicóloga y no un psicólogo”. Y luego descubren con horror que esa jueza o esa psicóloga puede ser todavía más dura, más cruel, más desalmada y más monstruosa que algunos hombres.
Y duele más porque esperaban comprensión y no llega.
Las mujeres que alcanzan poder dentro de estructuras patriarcales no siempre transforman la lógica del sistema. A veces se adaptan a él y la encarnan con celo. Endurecen su conducta para no parecer blandas, parciales, emocionales o sospechosas de corporativismo con otras mujeres. Se vuelven más severas para demostrar que merecen estar ahí. Que no están “del lado de las mujeres”, sino del lado del orden.
Y ese orden, por supuesto, no deja de ser patriarcal porque lleve falda o tacones.
No toda mujer en el poder está del lado de las mujeres. Algunas están, sobre todo, del lado del poder.
Eso mismo me hace preguntarme si algo de ese mal no pudo tocar también a Beauvoir. Ella fue una mujer brillantísima situada en un mundo intelectual masculino, rodeada de varones prestigiosos, ligada afectivamente a uno de ellos y obligada a afirmarse dentro de un círculo donde lo específicamente femenino era tratado como menor, sospechoso o secundario.
No sería raro que una mujer así, para sostener su lugar en ese universo, acabara endureciéndose precisamente contra aquello que ese universo despreciaba.
Y entre esas cosas estaba la maternidad.
Basta con mirar la historia para ver que muchas mujeres integradas en estructuras masculinas de prestigio terminan despreciando, rebajando o minimizando aquello que el propio sistema considera inferior. Para no ser disminuidas como mujeres, disminuyen ellas mismas aquello que el sistema ya ha decidido devaluar.
Por eso mi tirito a Simone de Beauvoir no nace de una hostilidad vacía sino de una conclusión muy seria: que ciertas mujeres enormemente inteligentes, enormemente influyentes y enormemente admiradas han pensado la maternidad desde un lugar demasiado ajeno, demasiado hostil o demasiado condicionado por marcos de poder que las empujaban a alejarse de ella.
Y cuando una mujer así deja frases que luego se convierten en dogma cultural, el problema ya no es solo biográfico. El problema es histórico y sus consecuencias enormes. Después vienen otras generaciones que repiten, amplifican y radicalizan esas ideas. Y entonces lo que era una grieta se vuelve una autopista.
Por eso me interesa abrir (también) este debate.
Hasta qué punto mujeres que no han sido madres, que no han querido serlo o que no han atravesado esa experiencia de forma viva pueden influir tanto en la manera en que décadas enteras pensarán la maternidad. No para prohibirles pensar. No para expulsarlas de la conversación. Sino para analizar con toda legitimidad desde qué experiencia —o desde qué ausencia de experiencia— están hablando.
Eso me parece mucho más serio y respetuoso que seguir recitando a Beauvoir como un salmo laico mientras se ignora el daño que ciertas formulaciones suyas han causado o han permitido sin su consentimiento. Y por eso, en Materfiesto, la nombro como lo hago. En tan pocas palabras no se agota lo que tengo que decir. Al contrario, ahí empieza.
Como tantas otras cosas, es en el blog, donde puedo ir pensando tema por tema y artículo por artículo. Aquí tengo el espacio para ir desarrollando asuntos de forma pausada sin tener que comprimirlos en una sola frase.
Materfiesto no terminó el día que salió de la imprenta ni pretende poner punto final a nada. Fue escrito para invitar siempre a abrir debates y melones por igual.
Isabel Salas






