martes, 20 de octubre de 2026

LOS TRES LISTILLOS

TRES SABIOS Y UNA HUMANIDAD DAÑADA

Hay gente cuyas opiniones no tienen mayores consecuencias. Dicen una estupidez, alguien los escucha, quizá alguien les da la razón, otro les discute en una tertulia de café y la cosa termina ahí.

Pero existe otra gente  mucho más peligrosa. Son los presuntos sabios que pasan a la historia como grandes pensadores. Sus opiniones se estudian, se citan, se comentan, se deshuesan, se veneran y, con un poco de mala suerte, terminan convertidas en fundamentos de una civilización.

Vamos a poner hoy en el mismo bote  a Aristóteles, Tomás de Aquino y Arthur Schopenhauer. Un juego mental. Una travesura.

Tres señores separados por siglos, unidos por su prestigio intelectual y por una lamentable convicción: la supuesta inferioridad de las mujeres. Hablamos de tres de los hombres más leídos, estudiados e influyentes de la historia del pensamiento occidental.

Y ahí está el problema.

Empecemos por Aristóteles, el gran ordenador de la naturaleza. Él consideraba que el hombre era naturalmente superior a la mujer y que, por consiguiente, le correspondía gobernarla. Lo escribió en su Política, donde presenta la relación entre los sexos  con la jerarquía natural que él define. Nos cuela que el  varón gobierna y la mujer obedece.

Y se queda tan ancho. Naturalmente natural.

Esa palabra, natural, es extraordinariamente útil cuando alguien quiere convertir un privilegio en una ley universal.

Porque si la subordinación femenina es natural, ya no hace falta justificarla. No es una imposición ni  una injusticia, tampoco  una construcción social. Es simplemente el orden de las cosas. Inmutable. Y así, con una argumentación filosófica, se puede colocar a una mitad de la humanidad bajo la pata de la otra.

No niego que Aristóteles haya hecho contribuciones fundamentales a la lógica, la filosofía y muchas otras disciplinas. Nadie necesita negarlo. Yo no estoy discutiendo sus contribuciones estoy señalando el daño que hizo.

Una inteligencia extraordinaria en determinados campos no garantiza que todas sus conclusiones sean inteligentes ni mucho menos justas.

Ni inocuas. 

Hablemos de nuestro segundo personaje, Tomás de Aquino, el discípulo aventajado, santo Patrón de los prostíbulos, que recoge buena parte del pensamiento aristotélico y lo incorpora a su construcción teológica.

La mujer aparece en su obra como defectuosa respecto del varón cuando considera su generación individual, aunque reconoce que forma parte de la intención general de la naturaleza. Es una distinción escolástica muy elaborada, pero no elimina la jerarquía que establece entre ambos sexos. Y aquí tenemos un problema añadido: la autoridad religiosa.

Lo que en Aristóteles era filosofía, en Tomás de Aquino quedaba integrado en una doctrina teológica que alcanzaría una influencia inmensa.

Aquino, al explicar por qué las autoridades deben tolerar ciertos males para evitar otros mayores, recoge el argumento de san Agustín según el cual eliminar la prostitución provocaría graves desórdenes derivados de la lujuria.

Detengámonos aquí. ¿Estamos diciendo que los hombres son incapaces de controlar sus impulsos sexuales? ¿Que necesitan disponer de mujeres para satisfacerlos porque, de lo contrario, podrían cometer males mayores?

¿Y quién ha decretado que el deseo masculino constituye una necesidad social que las mujeres deben resolver?

Pero, sobre todo, ¿qué clase de razonamiento es ese que proclama la superioridad racional del hombre mientras lo presenta como una criatura incapaz de gobernar sus propios instintos?

Yo no soy la encarnación de la filosofía, pero me planteo este dilema, si el dominio de las pasiones es una virtud de la razón, resulta bastante curioso que el supuesto ser racional superior necesite que la sociedad le organice un servicio de satisfacción sexual por el bien de todos.

Y que ese servicio recaiga, casualmente, sobre quienes han sido declaradas inferiores es un detalle de mucha importancia.

Las mujeres prostituidas no son una especie distinta de las esposas. Son mujeres como yo. Personas con la misma dignidad, las mismas capacidades humanas y el mismo derecho (mientras vivamos sometidos al estado de derecho) a vivir sin que sus cuerpos se conviertan en instrumentos al servicio de otros.

La cuestión no es proteger a unas mujeres sacrificando a otras. La cuestión es por qué se considera aceptable que alguien deba sacrificarse para satisfacer los impulsos de otro.

Y si los hombres tienen razón, voluntad y responsabilidad moral, que las ejerzan. Me resulta desconcertante que haya que recordárselo a quienes pretendían explicar el orden racional del universo poniéndose como ejemplo digno.

Y llega el tercer cerdito, perdón, sabio, el bueno de Schopenhauer, el pesimista plus que tampoco nos quería.Mi gran decepción personal, pues en muchos temas estoy de acuerdo con él.

En pleno siglo XIX, uno podría imaginar que, después de tantos siglos de pensamiento filosófico, las cosas habrían mejorado considerablemente. Pero no, Schopenhauer en su ensayo Sobre las mujeres, sostiene que poseemos capacidades racionales inferiores, cuestiona nuestra aptitud para determinadas actividades intelectuales y artísticas y de manera nada original, vuelve a defender  nuestra subordinación.

Incluso propone limitar nuestros derechos sobre la herencia y la administración de bienes. Resultó ser un tradwife el muchacho.☺☺☺☺☺

Y, por supuesto, para completar el cuadro, recurre expresamente a Aristóteles cuando critica la libertad y los derechos patrimoniales que habían tenido las mujeres espartanas. Las sandeces bien fundamentadas y maquilladas de erudición son hipnotizantes para los varones que escriben y leen sobre nosotras como los redpill de hoy.

Es decir, que los prejuicios también tienen su propia  tradición académica. Se citan unos a otros y adquieren la respetabilidad de las ideas antiguas.

Schopenhauer escribió páginas importantes sobre el sufrimiento, la voluntad y la condición humana de los hombres. Pero parece que, cuando llegó el momento de considerar plenamente humana a la mitad femenina de nuestra especie, su capacidad de comprensión sufrió un pequeño contratiempo.

Una lástima. Especialmente tratándose de un filósofo tan preocupado por el sufrimiento. Y aquí llegamos a lo que me importa.

No estoy hablando simplemente de tres hombres que tenían opiniones desagradables sobre las mujeres. Todo el mundo tiene "derecho" a equivocarse. Incluso los filósofos, aunque algunos, más que otros, parecen haber ejercido ese derecho con verdadero entusiasmo. El problema es la extraordinaria autoridad que alcanzaron sus equivocaciones.

Cuando un desconocido declara que las mujeres son inferiores, expresa un prejuicio.

Cuando lo afirma Aristóteles, puede convertirse en una tesis filosófica. Cuando Tomás de Aquino incorpora concepciones semejantes a su sistema, adquieren además una autoridad teológica. Y cuando siglos más tarde Schopenhauer continúa defendiendo la inferioridad femenina, demuestra que el prestigio de esas ideas ha sobrevivido incluso a los profundos cambios del pensamiento occidental.

No fueron estos tres entrañables lechoncitos quienes inventaron la misoginia. Ni, por supuesto,  todas las injusticias cometidas contra las mujeres pueden atribuirse a sus escritos.

Sin embargo sus obras contribuyeron, en gran manera, a proporcionar argumentos respetables para justificar jerarquías que limitaban la libertad, la educación, la autonomía y las posibilidades de las mujeres.

Y eso no es un daño pequeño.

Tampoco es un daño que afecte exclusivamente a las mujeres.

Es un daño a la humanidad entera.

Porque las mujeres no somos una población ajena a la humanidad. Somos parte de ella.

Cada vez que se impide a una mujer desarrollar su inteligencia, ejercer su libertad o decidir sobre su vida, no solamente pierde ella sino también la sociedad que deja de recibir lo que esa mujer podría haber creado, descubierto, enseñado, construido o compartido.

Los hombres, nuestros padres, amigos, esposos e hijos,  tampoco salen indemnes de una filosofía que los imagina naturalmente destinados a mandar, pero supuestamente incapaces de controlar sus deseos.

Qué curioso concepto de superioridad. Si aplicáramos rigurosamente el criterio del autocontrol, quizá más de una jerarquía tradicional terminaría patas arriba. Recordemos que el prestigio no convierte un prejuicio en verdad.

No propongo dejar de leer a Aristóteles, Tomás de Aquino o Schopenhauer.Propongo leerlos sin arrodillarse. Reconocer sus aportaciones no exige aceptar sus prejuicios.  Admirar un razonamiento no obliga a admirar todos los razonamientos de su autor. Y estudiar la historia de la filosofía debería incluir también el estudio de sus errores, especialmente cuando esos errores han contribuido a justificar desigualdades y han dañado a millones de mujeres y niñas.

Una idea no se vuelve verdadera por haber sido escrita en griego, en latín o en alemán.

Ni se vuelve justa porque su autor lleve siglos muerto y tenga una estatua, una cátedra o una aureola.

Isabel Salas

Nadie me preguntó. 

lunes, 10 de agosto de 2026

LA PORTADA DE MATERFIESTO


 

La intención de la portada no es ser amable ni hostil.  Nos cuenta de qué va el libro antes de abrirlo.

El fondo dorado simplemente me pareció hermoso. En el centro, el símbolo femenino contiene un embrión humano. No es un adorno, sino un recordatorio de que aquí la maternidad no aparece como una identidad impuesta, sino como una realidad biológica. El rojo introduce amor, corazón, sangre que trae vida y también fuerza. La fuerza de las madres.

El título, MATERFIESTO, no es una ocurrencia estética ni un recurso teatral. Es, ante todo, la manifestación de una madre que quiere dar la voz de alarma ante el desastre que se avecina y que pocos quieren —o parecen— ver. Mezclar madre y manifiesto es también una declaración política. Y el subtítulo lo deja claro: política disruptiva con voz de madre.

La frase inferior termina de cerrar la idea que sostiene todo el ensayo: la maternidad como función biológica, no como identidad personal o cultural.

En resumen es una portada que no pide la bendición de nadie, ni del papa ni del Ministerio de la Mujer ni del Ministerio de Magia.

Entra diciendo madre, cuerpo, política y conflicto desde el primer vistazo.

Y es, también, una invitación a leer y a debatir. 

sábado, 1 de agosto de 2026

DESEO DE SER MADRE

 ¿Qué pasaría si solo nacieran los hijos que sus madres desean tener?

La maternidad es una función biológica con consecuencias políticas.

Nunca han nacido hijos tan deseados como los que nacerían en un mundo donde ninguna mujer fuera obligada a ser madre, ninguna madre fuera obligada a entregar a su hijo y ningún hijo fuera separado de su madre para cumplir el deseo de otros.

La humanidad continúa solo si las mujeres desean continuarla.

Pero... la autonomía materna no termina en el parto.

Desear ser madre no significa únicamente desear un embarazo o un nacimiento. La mujer que desea ser madre quiere recibir a su hijo, verlo crecer a su lado, protegerlo, conocerlo y acompañarlo durante el tiempo en que depende de ella. La maternidad deseada no es un instante biológico aislado sino la voluntad de sostener un vínculo en el tiempo.

Por eso, no existe verdadera libertad reproductiva cuando una mujer puede decidir gestar, pero después vive bajo la amenaza de que una institución intervenga, reparta, condicione o interrumpa la relación con su hijo. La autonomía materna no comienza y termina en el cuerpo embarazado. Continúa en la crianza, en el cuidado cotidiano y en la posibilidad de permanecer junto al hijo sin que ese vínculo sea tratado como una concesión revocable.

Eliminar la tutela ordinaria del Estado no significa abandonar a madres e hijos ni negar que puedan existir situaciones graves. Significa sustituir la vigilancia por apoyo, la amenaza por recursos y la intervención vertical por redes elegidas por la propia madre.

Una madre debería poder designar libremente a las personas de su confianza: familiares, amigas, otras madres, profesionales o miembros de su comunidad. Esa red podría acompañarla durante el embarazo, el posparto, la enfermedad, el agotamiento o cualquier emergencia, sin que pedir ayuda se convierta en una prueba de incapacidad. Porque una sociedad razonable sostiene a quien cuida; no la castiga por necesitar descanso, aunque ese concepto todavía parezca demasiado avanzado para ciertos despachos.

La autonomía materna requiere también recursos independientes del matrimonio. Ninguna mujer debería verse obligada a conservar una pareja por miedo a perder vivienda, ingresos, protección o estabilidad para sus hijos. La pareja puede ser una elección afectiva, pero no debe funcionar como permiso económico para ejercer la maternidad, ni mucho menos imponer custodias compartidas en caso de que el padre desee y merezca compartir la crianza.

El apoyo podría organizarse mediante comunidades maternas, cooperativas, fondos propios, redes de vivienda, centros sanitarios y espacios de cuidado gobernados por las mujeres que los utilizan. Su finalidad no sería vigilar cómo crían, sino garantizar que puedan hacerlo con tranquilidad. La ayuda debe seguir a la madre y al niño, no a un modelo familiar, a una institución religiosa ni a una estructura burocrática.

Cuando exista un conflicto, la primera respuesta debería ser ayudar. La pobreza, el cansancio, la ausencia de pareja, la violencia machista, una forma de vida no convencional o la desconfianza hacia las instituciones no pueden ser confundidos con negligencia. 

Separar a un niño de su madre nunca debería utilizarse como solución administrativa a problemas que podrían resolverse con vivienda, alimento, atención médica, acompañamiento o descanso.

Esto no significa que toda conducta materna sea incuestionable. Las madres son personas y pueden equivocarse, enfermar o causar daño. Pero cualquier intervención externa tendría que ser excepcional, limitada y basada en un peligro grave, inmediato y demostrado. No en prejuicios, diagnósticos ambiguos, desacuerdos sobre la crianza ni conflictos con funcionarios.

La regla debería ser sencilla:

Ayudar primero, intervenir solo ante daño comprobado y separar únicamente como último recurso.

La jurisdicción materna no debe entenderse como propiedad sobre el hijo, sino como responsabilidad originaria hacia él. Nace del vínculo gestacional, del conocimiento corporal, de la continuidad del cuidado y de la dependencia concreta del niño. Precisamente por eso, cualquier intervención que pretenda sustituirla debe justificar de manera extraordinaria su necesidad.

Una mujer que desea ser madre no desea solamente parir.

Desea permanecer y cuidar sin amenazas.

Desea que pedir ayuda no abra un expediente y criar sin tener que demostrar constantemente que merece estar junto a su hijo.

La libertad reproductiva será incompleta mientras una mujer pueda decidir que su hijo nazca, pero no tenga garantizada la continuidad de ese vínculo. 

Porque la maternidad no termina cuando nace el hijo.

Empezó el día de la concepción de cada hijo y se extiende por el resto de la vida de cada madre.

viernes, 17 de julio de 2026

TENER UN HIJO NO ES UN DERECHO


 

El deseo de tener un hijo no crea el derecho a que otra persona tenga que gestarlo, pararlo y entregárselo.

Una persona puede desear intensamente ser madre o padre y sufrir mucho por no conseguirlo. Ese sufrimiento merece respeto, apoyo y alternativas. Lo que no puede hacer es convertir a una madre en el medio obligatorio para satisfacer ese deseo.

La infertilidad, la transexualidad o la homosexualidad no son culpas ni defectos morales, por supuesto Pero tampoco generan una deuda reproductiva en las mujeres. La igualdad no consiste en garantizar que todas las personas obtengan exactamente aquello que desean, sin importar qué medios debe utilizar para conseguirlo. Consiste en que nadie sea discriminado y en que existan formas legítimas de construir vínculos familiares sin imponer gestaciones, entregas o separaciones.

Eso obliga a decir algo incómodo: no existe un derecho absoluto a tener hijos. Existe el derecho a intentar concebir dentro de relaciones consentidas, a acceder a determinados tratamientos sin discriminación, a cuidar, a adoptar cuando se cumplan condiciones orientadas al bienestar del niño y a formar familias diversas. Pero no existe el derecho a recibir un niño porque se lo desea.

El hijo tampoco es una prestación compensatoria frente a la infertilidad, la soledad o la exclusión histórica. Es una persona, no el departamento de reparaciones emocionales de la especie.

En mi planteamiento, la regla sería:

Nadie debe ser excluido de la posibilidad de cuidar y formar una familia por ser estéril, homosexual o no tener pareja. Pero ninguna igualdad puede construirse obligando a una mujer a gestar o  separarando a un hijo de su madre para satisfacer el proyecto parental de terceros.

Eso no elimina todas las alternativas. Podrían existir adopciones cuando un niño realmente no pueda permanecer con su madre o esta haya muerto, acogimientos, familias extensas, coparentalidades libremente acordadas y formas comunitarias de crianza. Lo importante es invertir el orden habitual, y para eso primero se protege el vínculo ya existente y la necesidad del niño; después se considera el deseo de los adultos.

Mi propuesta, por tanto, no promete hijos para todo el mundo. Promete que ningún hijo será producido o transferido para cumplir esa promesa. Es una posición dura, porque reconoce que hay deseos legítimos que quizá no puedan realizarse sin vulnerar a otra persona.

La civilización suele preferir llamar “derecho” a todo deseo suficientemente doloroso. El problema es que, cuando ese supuesto derecho necesita de otras personas y sus  hijos apara satisfacerse, alguien termina pagando la factura.

viernes, 10 de julio de 2026

GESTIÓN DE TIERRAS Y VIENTRES


 

El mundo entero depende de algo que no quiere reconocer: que las mujeres queramos gestar, parir y recibir a nuestros hijos.

Las mujeres fértiles garantizan que exista la siguiente generación.

Las tierras fértiles garantizan que esa generación coma..

No hay Estado, mercado, religión ni tecnología que pueda reemplazar eso sin violencia.

Las mujeres y las tierras fértiles han sido convertidas en recursos gestionables porque de ambas depende la continuidad material de cualquier sociedad humana.

La tierra garantiza alimento.
El cuerpo femenino garantiza nacimiento.

Por eso ambas han sido cercadas, medidas, repartidas, heredadas, explotadas, reguladas y puestas bajo autoridad ajena. Primero con la religión y la familia; después con el derecho, el Estado, la medicina, el mercado y la tecnología. Cambian los administradores, pero el gesto es el mismo, todos buscan controlar aquello de lo que depende el futuro.


Las mujeres fértiles y las tierras fértiles han sido y siguen siendo los dos grandes objetivos históricos de gestión.

Por eso ambas han sido ocupadas, reguladas y puestas al servicio de proyectos ajenos.

Quien controla la tierra controla el alimento.

Quien controla la reproducción controla el porvenir.

Quien controla la natalidad controla el mundo 

No se gobiernan solamente territorios. También se gobiernan vientres.

De esto hablo en Materfiesto,  no hago una comparación decorativa entre mujer y naturaleza, sino una analogía de poder. No digo que la mujer sea tierra; digo que el poder ha tratado y trata  a ambas como superficies productivas disponibles.

Esa distinción es crucial, porque evita la vieja trampa poética de llamar “madre” a todo mientras se ignora a las madres reales. La humanidad, siempre tan sofisticada, adora venerar metáforas y gestionar personas.


domingo, 5 de julio de 2026

VÍNCULO SINGULAR


La gestación crea un vínculo singular que merece una presunción extraordinaria de continuidad y protección. Ninguna institución ni tercero puede planificar su ruptura para satisfacer deseos ajenos. La madre debe recibir apoyo para criar sin depender de pareja, mercado o tutela política. Pero esa autoridad no convierte al hijo en propiedad, no obliga a la mujer a criar contra su voluntad y no impide una intervención excepcional ante daño grave y probado.

jueves, 2 de julio de 2026

SIN GESTORES DE LA MATERNIDAD


 

Si solo nacieran los hijos que las mujeres desean tener, se acabarían muchas cosas: los matrimonios infantiles, los embarazos impuestos, la presión para parir, la presión para abortar, la subrogación de vientres y las políticas demográficas sobre nuestros cuerpos.”

“Eso sí sería una revolución.”

 

La revolución no estaría solo en permitir una decisión, sino en retirarles a todas las instituciones el supuesto derecho a decidir sobre la reproducción femenina.

La frase contiene algo muy potente: no habla únicamente de acabar con la maternidad forzada. También incluye la presión para abortar, la explotación económica y los planes demográficos que tratan a las mujeres como una variable de población. Es decir, no cambia una orden por otra. Cambia el principio entero.

La idea central sería:

Ninguna mujer debe ser obligada a gestar.
Ninguna mujer debe ser obligada a interrumpir una gestación.
Ninguna mujer debe gestar para satisfacer a una familia, un mercado, una religión o un Estado.

Eso sí sería revolucionario porque obligaría a reorganizar muchas cosas que hoy parecen naturales: el matrimonio, la herencia, la familia, el trabajo de cuidados, la natalidad, la adopción, la reproducción asistida y hasta la idea de ciudadanía.

También produciría reacciones muy fuertes. Los gobiernos hablarían de “crisis demográfica”. Las religiones hablarían de “crisis moral”. Algunos sectores económicos hablarían de “libertad contractual”. Y muchas familias hablarían de “tradición”. Distintos nombres para una misma angustia: perder el control sobre decisiones que nunca les correspondieron.

Pero hay una precisión importante. Para que solo nacieran los hijos realmente deseados, no bastaría con eliminar prohibiciones. Una mujer pobre, amenazada, dependiente o sin alternativas puede decir “sí” o “no” bajo condiciones que deforman su voluntad. La autonomía reproductiva necesita también seguridad material, información, salud y posibilidad real de irse.

Por eso la revolución completa no sería simplemente:

Las mujeres pueden elegir.

Sería:

Las mujeres pueden elegir sin castigo, sin hambre, sin violencia y sin obedecer a nadie.

Sin miedo de que les quiten a sus hijos. 

Y ahí sí cambiaría el mundo. Lo cual explica por qué tantos poderes preferirían debatir durante cincuenta años sobre palabras, comas y reglamentos. Es mucho más cómodo discutir semántica que devolver poder.

LOS TRES LISTILLOS

TRES SABIOS Y UNA HUMANIDAD DAÑADA Hay gente cuyas opiniones no tienen mayores consecuencias. Dicen una estupidez, alguien los escucha, quiz...