viernes, 9 de enero de 2026

DIAGNÓSTICOS BLANDOS, CRUELDAD DURA

Diagnóstico o dictamen: cómo se construye una etiqueta


Los diagnósticos clínicos formales —los que suenan a manual DSM con esteroides— se supone que deben ser realizados por psiquiatras o psicólogos clínicos con formación específica en psicopatología y experiencia en evaluación diagnóstica. Esa es la teoría.

En la práctica, basta con que alguien tenga un título profesional, cierta familiaridad con el lenguaje técnico y un lugar en el engranaje judicial para que una etiqueta se convierta en verdad institucional. No importa si se hizo una evaluación rigurosa. No importa si hubo entrevista clínica, pruebas psicométricas o revisión del contexto. Si el informe está escrito en mayúsculas y viene con membrete, es suficiente para instalar una narrativa.

Legalmente, en muchos países, tanto psiquiatras como psicólogos pueden diagnosticar trastornos mentales. La diferencia es que el psiquiatra, por ser médico, puede recetar medicación y su palabra suele pesar más si lo que se busca es revestir el expediente de autoridad biomédica. El psicólogo, por su parte —sobre todo si es clínico— también puede diagnosticar según los manuales diagnósticos internacionales, como el DSM o el CIE. Pero no puede medicar, y a menudo su criterio queda subordinado a la lógica judicial.

Así, si el expediente necesita sonar “científico”, se busca al psiquiatra. Si solo se quiere justificar una medida ya decidida, muchas veces alcanza con un informe psicológico escrito por alguien funcional al sistema. La etiqueta cumple su función: legitimar decisiones que ya están tomadas.

Luego están los otros diagnósticos. Los blandos. Los que no figuran en ningún manual ni requieren formación clínica para ser lanzados. Son frases sueltas, impresiones disfrazadas de observación objetiva: “obsesión con el hijo”, “dependencia emocional”, “fijación patológica”, “rigidez cognitiva”, “victimismo”, “dificultad para cooperar”, “alienación”, "madre con preocupación mórbida", "obstructora", "verborreica" y un largo etc

Estas no necesitan diagnóstico formal ni un profesional de la salud mental. Pueden aparecer en informes de trabajadoras sociales, peritos de familia, mediadores, operadores judiciales, psicólogos escolares… o incluso en los comentarios de un juez que “intuye” cosas sin haber leído ni siquiera las alegaciones del abogado de la madre. Son herramientas narrativas, no diagnósticas. No vienen del DSM; vienen del prejuicio con bata blanca o toga negra.

Las etiquetas discursivas no requieren diagnóstico ni evidencia. Solo necesitan una madre que se resista, pelee, insulte o llore cuando unos extraños le quieren quitar a su hijo y a veces, se lo quitan.

Aquí van algunos greatest hits del disparate psi. Perlas inolvidables del cinismo judicial y la maldad institucional.

  1. Madre que se negó a firmar el acuerdo de tenencia sin revisar con abogado.Trastorno oposicionista.

  2. Madre que pidió cambio de perito porque sentía que el primero era parcial.Resistencia activa a la autoridad.

  3. Madre que pidió copia del expediente.Conducta disruptiva, desconfianza extrema.

  4. Madre que denunció al padre por violencia y siguió insistiendo.Fijación patológica + conducta oposicionista.

  5. Madre que no lloró en la audiencia.Aplanamiento afectivo + rasgos oposicionistas.

  6. Madre que lloró demasiado.Desregulación emocional + actitud provocadora.

  7. Madre que cambió de abogado tres veces.Desorganización, rigidez y desafío a la figura de autoridad.

  8. Madre que grabó una conversación con un operador judicial.Actitud desafiante y paranoide.

  9. Madre que interpuso un recurso de amparo.Rasgos oposicionistas, dificultad para acatar lo normativo.

  10. Madre que se negó a las visitas supervisadas porque el espacio era violento.Negativa sistemática, rigidez cognitiva.

  11. Madre que corrigió al psicólogo en una audiencia.Intolerancia a la figura de autoridad.

  12. Madre que pidió ver a su hijo más tiempo.Conducta obsesiva + patrón oposicionista.

  13. Madre que no permitió que el niño hable por videollamada con el padre violento.Obstrucción del vínculo + actitud desafiante.

  14. Madre que organizó una manifestación.Conducta antisocial, rasgos oposicionistas.

  15. Madre que llevó a su hijo a terapia sin permiso del padre.Iniciativas unilaterales, conducta impulsiva-oposicionista.

  16. Madre que presentó informes de su psicóloga sin autorización del juzgado.Inobservancia judicial.

  17. Madre que dijo "esto es injusto" frente al juez.Reacción oposicionista, hostilidad encubierta.

Y en ninguno de esos casos se usó “oposicionista” como una descripción casual. Se coló en informes periciales, se transformó en etiqueta clínica, y en más de una ocasión, justificó medidas restrictivas sobre el contacto con los hijos.

Sí, una madre diciendo "no" al sistema puede convertirse, mágicamente, en alguien con trastorno oposicionista desafiante. Lo normal debe ser que las hembras no se opongan cuando vienen a quitarles los hijos...en Narnia o en la tierra de los actores judiciales debe ser. En el mundo real lo que pasa es que las hembras lloramos, gritamos y si pudiéramos haríamos "otras cosas" que el algoritmo no me va a dejar escribir. Es tan delicado como un psicólogo judicial y más machista aún.

Y mientras el expediente duerme tranquilo, las madres no duermen nunca más en paz.

 Isabel Salas

viernes, 2 de enero de 2026

LA NUEVA RELIGIÓN VERDE

Fe verde: cuando comprar sustituye a creer.

 Puede que las religiones organizadas y el ecologismo de consumo parezcan mundos distintos pero son primos hermanos. Uno huele a incienso, el otro a suavizante biodegradable. Uno predica desde púlpitos milenarios; el otro, desde etiquetas compostables. Pero si observamos con cuidado —no con los ojos, sino con esa parte incómoda que aún duda—, lo que se esconde detrás de ambos son los mismos mecanismos: la necesidad humana de redención y el miedo a ser juzgados por una deidad que conoce todos nuestros secretos.

En la religión, naces con pecado o estás destinado a errar por tu propia naturaleza humana. No importa lo que hagas, lo arrastras como sombra heredada. En el mundo verde, naces contaminando. Antes de que respires, comas o te muevas, ya estás dejando una huella y el ticket del mercado lo sabe. Ambos tienen formas distintas de recordarte que existes en deuda. Y si estás en deuda, te toca pagar. Con rezos, penitencias, diezmos o con bolsas de tela. Con confesiones o con café orgánico. Lo importante no es el acto, sino la idea de que, al hacerlo, te acercas un poco más al perdón.

Las compras "ecológicas" no son decisiones racionales. Son penitencias dulces, actos de contrición con ticket y código QR. No salvan el planeta, pero te permiten dormir. No modifican el sistema, pero calman el alma. Y si eso no es un ritual, ¿qué lo es?

Como en cualquier religión, también hay comunidad. Una tribu de los puros, los que eligen con conciencia, los que separan residuos con devoción y se indignan cuando otros usan sorbetes de plástico. Porque no basta con hacer lo correcto. Hay que mostrarlo. Hay que ser visto haciéndolo. El infierno, en este credo, no está en el más allá, sino en la góndola equivocada. Y nadie quiere pertenecer al bando de los contaminantes, de los que compran barato. El band de lo irresponsables que aún no han sido tocados por la iluminación verde.

El miedo funciona igual. Ayer ardías por los pecados carnales; hoy arderás en sequías, incendios, hambrunas. El colapso ecológico es el nuevo apocalipsis. Si no cambias tus hábitos, si no consumes “mejor”, si no adoptas los rituales del nuevo credo, vendrá el fin. No un castigo divino, sino uno climático. Pero castigo al fin.

La propia Tierra que se defiende de nosotros, el virus más letal. 

Y claro, también hay indulgencias. Antes pagabas por tu lugar en el cielo; hoy pagas un extra por tu café justo, por tu vuelo “compensado”, por tu remera con certificado ético. Porque nada dice “he aprendido mi lección” como una compra con remordimiento incluido. Plantas un árbol, respiras aliviado. No importa si tu estilo de vida es supuestamente insostenible: hay apps que hacen el trabajo sucio por ti. Lo importante es que pagues por tu culpa, y que alguien lo note y te felicite.

Por supuesto, todo relato de salvación necesita un elementos mesiánicos. Y este también los tiene. A veces es un coche eléctrico. A veces, un nuevo material. Una innovación que promete redimirnos del desastre sin pedirnos demasiado cambio. Porque el verdadero cambio —el que implicaría tocar los privilegios de los megaricos, revisar los modelos, alterar la lógica del consumo— sigue fuera de debate. Más cómodo esperar al Mesías verde. Más fácil confiar en que algo vendrá a salvarnos, sin que tengamos que movernos demasiado del lugar que ocupamos.

Y en el fondo, todo esto se sostiene igual que las viejas religiones: en gestos rituales cotidianos, en prácticas repetidas, en la calma de cumplir con lo que se espera. Separar basura. Llevar tu propia botella. Decir “no, gracias” a la bolsa del mercado y sacar la tuya, de tela, de tu bolsillo.

Ritos inofensivos que construyen identidad y promueven obediencia. Porque aceptas que no se trata de transformar la estructura. Se trata de no ser parte del problema. O al menos, de no parecerlo.

Pero detengámonos. Vamos a desnudar el truco. Vamos a quitarle la capa de fe y verlo por lo que es: política encubierta de consumo. ¿Qué pasaría si en lugar de vender redención simbólica empezáramos a exigir transformaciones reales? Spoiler: se acaba la fiesta de las indulgencias verdes.

Porque si en vez de apuntar al consumidor que usa pajitas, señalamos directamente a las industrias responsables del 70 % de las emisiones, el relato se vuelve incómodo. No vende bolsas, no promueve marcas. Pero ilumina lo que importa: quién manda y a quién se protege.

Si en lugar de vender café “ético” a sobreprecio, regulamos las prácticas agrícolas y prohibimos pesticidas devastadores, el café estándar ya sería decente por obligación, no por etiqueta mágica. Eso recortaría márgenes. No interesa.

Si se dejara de prometer salvación en forma de producto y se actuara con política real —menos transporte absurdo, menos producción globalizada, más urbanismo pensado para vivir sin coche—, el resultado sería claro: menos consumo. Menos volumen. Y eso, en un sistema que vive de vender más cada año, es blasfemia.

Si en vez de hojitas en los envases usáramos impuestos proporcionales a la huella real, un vuelo barato dejaría de serlo. Un alimento hiperviajado pagaría el precio ecológico que ahora se disimula. Sería justo, pero sería impopular. Porque exigir justicia cuesta más que vender diseño.

Y si dejáramos de aplaudir al consumidor virtuoso y empezáramos a formar ciudadanos exigentes, dejaríamos de esperar milagros tecnológicos. No más milagros eléctricos ni promesas de plástico reciclable. Habría que hablar de límites. De redistribución. De decrecimiento. Habría que aceptar que tal vez no se trata de cambiar de producto, sino de cambiar de sistema. Solo por apuntar unos datos de la realidad, recordemos las seis industrias más contaminantes del planeta que se destacan por su alto impacto ambiental debido a sus procesos productivos intensivos y poco sostenibles. 

La industria petrolera lidera como la principal emisora de gases de efecto invernadero, debido a la extracción, refinación y quema de combustibles fósiles que alteran el clima global. Le sigue la industria textil y de la moda, que opera bajo un modelo de producción acelerado (fast fashion), generando grandes volúmenes de residuos, consumo excesivo de agua y liberación de sustancias químicas tóxicas. La industria cerámica y de construcción, especialmente la que utiliza hornos tipo colmena, emite contaminantes atmosféricos como partículas y gases nocivos durante la cocción de arcilla. Por su parte, la industria papelera libera contaminantes como dióxido de azufre (SO₂) y óxidos de nitrógeno (NO₂) desde sus calderas, afectando la calidad del aire. La industria farmacéutica contamina a través de aguas residuales que contienen compuestos emergentes difíciles de eliminar, como antibióticos y hormonas, los cuales alteran ecosistemas acuáticos. Finalmente, la industria alimentaria y de bebidas, aunque menos visibilizada, genera un gran volumen de residuos sólidos y líquidos, y es una de las principales consumidoras de maquinaria intensiva en energía y recursos, contribuyendo de forma significativa a la huella ambiental global.

Pero eso no cabe en una etiqueta.

Ni en una campaña de marketing.


Isabel Salas 

lunes, 29 de diciembre de 2025

MADRE DESHIJADA

  La muerte en vida 


Nos dicen que lo que no se nombra no existe. No es verdad. Por supuesto que existe. De hecho existen miles de horrores que nunca se nombran.

También se escucha por ahí que hay palabras que simplemente no existen porque, si existieran, habría que hacerse cargo de lo que nombran. O tal vez porque tendrían significados tan tremendos que nos daría vergüenza decirlas en voz alta. 

Madre deshijada” es una de ellas.

Por lo visto, no tenemos nombre para la mujer a la que le arrancan a su hijo mientras siguen vivos los dos. Y no hablo de niños secuestrados para pedir rescate o robados al nacer por vendedores de niños ajenos. Esas madres, víctimas de un crimen, sufren muchísimo, no saben si su hijo sigue vivo y eso matiza su sufrimiento de otras maneras.

Pero la que pierde a su hijo por orden judicial o decisión de los servicios sociales, sí lo sabe.Y sabe dónde está.

La deshijada sigue siendo madre en cada célula del cuerpo y, sin embargo, el sistema que le arranca al hijo se comporta como si esa maternidad se hubiera apagado con una firma.

Una madre deshijada no es una madre sin hijos.
Es una madre con hijos, pero sin derecho a tenerlos cerca, a olerlos, a tocarlos, a protegerlos. Es una madre a la que le han expropiado el ejercicio de la maternidad y le han dejado solo el dolor en propiedad.

La palabra “deshijada” remite a expropiación… y también a flores.
¿Deja de ser flor una flor cuando pierde las hojas, incluso si se las arrancan? No. Incluso cuando arrancamos los pétalos de una margarita para saber si alguien nos quiere o no, lo que tenemos al final es una margarita desbaratada, desmembrada y rota. Pero esos pétalos caídos, que el viento barre, son suyos.

Y ese corazoncito de margarita sin pétalos, sin aroma y sin belleza aparente sigue siendo una flor. Como estas madres de las que hablo, tan madres como todas, pero sin sus hijos.

Escogí “deshijada” porque es una palabra que trae implícita la crueldad, algo roto, algo que está mal: como deshonesto, desnorteado o desentonado.
Es el rastro de lo que hubo: hubo tono, hubo norte, hubo honestidad, hubo hoja, hubo hijo.

Ya no están. Se perdieron todas esas cosas y, cuando a la madre le quitan a sus hijos, también se pierde lo que más ama… y se pierde, de a poco, ella misma.

No hablo de una madre que llora la muerte de un hijo por enfermedad, accidente o guerra —que ya es insoportable—, sino de algo todavía más retorcido: de aquella a quien le quitan al hijo en nombre de la protección, del “interés superior” y con papel timbrado. La madre a la que el Estado le arranca la cría del cuerpo y, encima, le exige que colabore sin gritos ni pataleos.

Eso es ser madre deshijada.

Cada madre deshijada es una prueba viviente de que hemos decidido obedecer más a un papel que a un latido. Que damos más crédito a un informe que a un cuerpo en llanto.

Ella sigue sabiendo qué olor tiene su hijo cuando está enfermo, qué mirada pone cuando tiene miedo, qué tono de llanto significa hambre y cuál significa pánico, qué cosas lo calman y cuáles lo rompen.

El sistema puede deshijarla en los papeles, pero no puede deshacer la arquitectura que la maternidad ha grabado en su sistema nervioso. Esa reconfiguración, esa huella, es precisamente lo que se quiere negar.

Por eso la madre deshijada es peligrosa para los que gestionan el mundo y hacen todo para callarla (“secreto de justicia”), anularla (“está loca”) o desacreditarla (fabuladora). Ella es la prueba viva de que el vínculo materno no es una construcción jurídica, ni un rol intercambiable, ni una performance con género neutro.

Es un hecho biológico, emocional y moral que atraviesa cualquier discurso.

La madre deshijada no es, en sí misma, un problema clínico.
Es una acusación viviente contra un orden social que se permite usar a los hijos como armas, como trofeos, como herramienta de control.

Cuando una madre deshijada ruge, no está delirando.
Está gritando lo que muchos prefieren callar: que se está perpetrando, a cámara lenta, un genocidio del vínculo materno. Un desmantelamiento sistemático de la matriz emocional que sostiene la especie.

Y sí, la deshijada se descompone, se desregula, se vuelve incómoda, se hace ingobernable. Como haría cualquier hembra mamífera a la que le arrancan  sus crías.

Dejemos de llamar “protección” a su despojo.
Dejemos de usar su dolor como prueba en su contra.
Escuchemos su rugido como lo que es: la última defensa de la vida contra una maquinaria que se ha deshumanizado.

Y recordemos, la madre sigue siendo madre sin su hijo, pero el hijo sin su madre no puede ser hijo, se convierte en niño suelto, una ramita sin tronco, un niño ajeno. No está huérfano, su madre sigue viva en algún lugar. Pobre hijo.

Tendrá cuidadores más o menos hábiles, comprometidos o cariñosos, pero cualquier identidad construida en el futuro tendrá como base la herida que deja para cualquier hijo ser llevado lejos de su mamá. 

 

Isabel Salas 

 

 

 

 

viernes, 12 de diciembre de 2025

EL MOTIVO DE PATOLOGIZAR A LAS MADRES

La pregunta es sencilla y obvia, pero la respuesta es más sencilla aún.


Hacer pasar a las mujeres por locas, no es ninguna novedad, en realidad es un clásico. Antes de que la justicia aprendiera a hablar el "lenguaje de los derechos", patologizar a las mujeres —y en particular a las madres— ya era una práctica conocida. Declarar “loca” a una mujer fue durante siglos una forma eficaz de apartarla sin matarla: sacarla del hogar, del relato y de los hijos, y sustituirla sin culpa. De Juana I de Castilla, encerrada durante décadas bajo el rótulo de la demencia, a tantas mujeres silenciadas en sanatorios, conventos o casas ajenas, la historia está llena de madres apartadas de sus hijos por exceso de poder, de deseo, de ansias de libertad o simplemente porque molestaban  a sus maridos o a los intereses de su entorno.

Lo que hoy hace el sistema judicial no es algo nuevo: es el mismo perro  con diferente collar, el mismo gesto antiguo, pero maquillado con diagnósticos modernos y envuelto en un discurso de derechos que dice proteger mientras repite, con otros nombres, la misma operación de siempre.
 
El sistema judicial patologiza a las madres porque siempre ha funcionado, y además reconocer que una madre enferma tras un proceso de custodia o de separación forzada implicaría admitir que el propio procedimiento es dañino. Y eso tendría consecuencias jurídicas, políticas y éticas que ni "justicia" ni nadie están dispuestos a debatir siquiera.

Convertir la reacción ante la pérdida del hijo en trastorno permite desplazar la causa: el problema deja de ser la intervención institucional y pasa a ser la madre que no se adapta a ella porque no le gusta que le quiten hijos. No entiende de derechos. Ella entiende de biología y de útero.

La psiquiatrización cumple varias funciones simultáneas. Primero, neutraliza la palabra materna: una madre diagnosticada pierde credibilidad, su testimonio se vuelve sospechoso y su relato deja de tener valor probatorio. 

Segundo, legitima decisiones ya tomadas: si la madre es “inestable”, la separación se presenta como medida protectora hacia el niño y no y no como violencia hacia el niño y su madre.

Tercero, restaura la autoridad del sistema: no hay error estructural, hay un sujeto defectuoso. 

Y cuarto, desnaturaliza el vínculo: al patologizar el apego, se habilita la idea de que cualquiera puede sustituir a la madre sin daño. Convierten a la madre en una simple cuidadora...y cualquiera puede cuidar.

En síntesis, no se patologiza para comprender ni para curar. Se patologiza para ordenar algo contra natura, callar ellos y hacer callar a la madre y por supuesto cerrar el conflicto. Porque una madre que sufre es un problema; una madre que insiste es un riesgo; y una madre que llora, grita, insulta y nombra el daño institucional es, para el sistema, una amenaza.

El problema, por otro lado,  no es solo el diagnóstico, sino que el sistema olvida CONVENIENTE, ASTUTA Y CRUELMENTE lo que es ontológicamente irrefutable: aunque la ley insista en la igualdad de derechos entre padres y madres, el vínculo materno precede al derecho. Es un vínculo biológico, inmediato, natural, que no se construye ni se negocia en un tribunal. 

El ser hace el derecho y no al contrario. 

La relación madre-hijo es anterior a cualquier norma y es más necesario y más profundo que cualquier otro vínculo, incluido el paterno, para todos los bebés y niños humanos.

Si eliminamos la biología de la ecuación judicial, si negamos esa realidad fundamental, el resultado siempre estará sesgado: la lógica se pierde y la vida, que es la que sostiene ese vínculo, queda vulnerada. La ley puede igualar derechos, pero no puede igualar realidades biológicas, ni sustituir la naturaleza del vínculo materno.

Y de eso hablo en MATERFIESTO y en donde haga falta.

 

Isabel Salas 

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

MATERFIESTO: LECTURAS COMPLEMENTARIAS

CLASIFICACIÓN POR TEMAS 

EL ORIGEN DE MATERFIESTO 

Antes de investigar en las diferentes categorías expuestas más abajo te invito a conocer el origen de  MATERFIESTO. Este texto reconstruye su origen intelectual y vital: no como reacción emocional ni como testimonio, sino como una investigación autodidacta sobre el poder que opera en los juzgados de familia. Una genealogía crítica que nace del desencanto institucional y deriva en un ensayo político, jurídico y filosófico sobre la violencia ejercida contra las madres en nombre de la protección.


1. VÍNCULO MATERNO-FILIAL Y LA VIOLENCIA INSTITUCIONAL 

EL VÍNCULO MATERNO-FILIAL: LA VERDADERA BASE DE LA SOCIEDAD HUMANA  Un análisis profundo sobre cómo el vínculo entre madre e hijo no es una construcción social sino una experiencia vital que sostiene a la humanidad, hoy amenazada por discursos tecnocráticos y estructuras patriarcales.

 MATERNIDAD: ESPEJISMO JURÍDICO  Este artículo enfrenta una de las ficciones más persistentes del derecho moderno: la idea de que la maternidad está protegida por la ley. Expone cómo la custodia, incluso en contextos de cuidado exclusivo materno, permanece bajo control judicial y sujeta al orden público. Analiza el matrimonio, la filiación y la supuesta igualdad parental como dispositivos que debilitan la autonomía de la madre. Invita a leer para comprender por qué, en términos jurídicos reales, los hijos que una mujer pare nunca terminan de ser solo suyos.

LA HEMBRA HUMANA Y EL "(NO)DERECHO" DE DEFENDER A SU CRÍA Este texto confronta una anomalía histórica: la única hembra a la que se castiga por defender a su cría es la humana. Analiza cómo el instinto materno, lejos de ser protegido, es patologizado y convertido en prueba en contra. Cuando una madre ruge, el sistema no escucha: diagnostica. Y en ese gesto, castiga la vida misma que dice proteger. 

IMPUNIDAD JUDICIAL: EL USO DE NEOLOGISMOS   Análisis del caso de Andrea y Ángela González Carreño desde una perspectiva crítica de la justicia institucional. El artículo cuestiona el concepto de “violencia vicaria” como cortina de humo que protege al sistema judicial, mientras borra la violencia estructural que permite —y a veces parece incentivar con sus decisiones— crímenes contra la infancia. Una denuncia clara del rol del Estado en la ruptura del vínculo madre-hija.

VÍCTIMAS RENTABLES Texto que denuncia la existencia de una industria del sufrimiento que se alimenta de mujeres en situación de violencia, litigio o crisis extrema. Analiza cómo ciertos profesionales transforman el dolor ajeno en permanencia económica, sustituyendo la resolución por acompañamientos interminables. Señala la diferencia entre comprender un problema y tener una estrategia real para salir de él. Invita a leer para aprender a distinguir quién trabaja para tu salida y quién depende de tu permanencia como víctima.

 LOS BARROTES DE PAPEL Este artículo expone el derecho no como garantía, sino como una arquitectura que organiza obediencias. Nombra los mecanismos legales que operan como barrotes invisibles y muestra cómo se sostienen a través de ficciones, registros y lenguajes opacos. No propone huir del sistema, sino comprender su diseño para moverse con estrategia y lucidez. Leelo para dejar de confundir legalidad con libertad y empezar a ver dónde están, de verdad, las grietas.

REBOLLEDO Y SU GRAN INVESTIGACIÓN  Este artículo desmonta la trampa retórica que equipara “denuncia no probada” con “denuncia falsa”. Analiza cómo el discurso mediático sobre las supuestas falsas denuncias funciona como coartada para desacreditar el testimonio infantil y criminalizar a las madres que denuncian. Explica por qué la falta de condena no es prueba de mentira y cómo esa confusión sostiene una maquinaria judicial que protege al pater familia y castiga la protección materna.

DE SIERVO A CIUDADANO  Este artículo cuestiona uno de los relatos más consolidados de la modernidad: la supuesta transición del siervo al ciudadano como conquista de la libertad. No analiza derechos, sino poder. No se detiene en la retórica democrática, sino en los dispositivos concretos —registro, documento, permiso— que sustituyeron la servidumbre explícita por una obediencia administrada.

 

2. VIOLENCIA MACHISTA, TECNOCRACIA Y PATER FAMILIAS

  LECHE MATERNA ¿ARTIFICIAL? Este artículo cuestiona la fantasía contemporánea de una “leche materna artificial” y revela lo que realmente está en juego: la apropiación industrial del cuerpo de las mujeres y del vínculo madre-bebé. Cuando se intenta producir lo materno sin la madre, no se busca alimentar mejor, sino gobernar la maternidad y neutralizar su potencia biológica, afectiva y política.

EVA Y LA CULPA Desmonta uno de los mecanismos más eficaces del patriarcado: culpar a la madre de los males que produce el propio sistema. Analiza cómo la responsabilidad de la violencia, el machismo y la desigualdad se desplaza sistemáticamente hacia el vientre que dio a luz, incluso bajo discursos progresistas. Señala la trampa de exigir heroicidad individual a mujeres domesticadas por las mismas estructuras que se pretende ignorar. Invita a leer para correr el foco de la culpa y mirar, por fin, el cuadro completo.

LA VIOLENCIA NO TIENE GÉNERO, TIENE SEXO  Una reflexión con datos duros sobre el uso ideológico del concepto de “género” en el análisis de la violencia. El artículo desmonta los discursos dominantes —tanto de derecha como de izquierda— y propone volver al análisis material y estadístico del sexo como variable determinante en los homicidios. Una herramienta útil para salir de la polarización y reflexionar desde la lucidez estructural.

LA PROSTITUCIÓN NO ES UN TRABAJO   Una crítica frontal a la narrativa que presenta la prostitución como una forma de trabajo válido o una elección libre. Este artículo denuncia la fragmentación del cuerpo y la subjetividad femenina que esa mirada presupone, y desmonta el discurso de la “libertad” desde una ética concreta: no somos objetos, no somos alquilables, no somos cosas. Un texto que incomoda —y debe incomodar— a quienes defienden la explotación con rostro de progreso.

¿SON CADENAS NUESTROS DERECHOS?  Es un artículo que analiza cómo el sistema jurídico convierte los derechos en herramientas de control más que en garantías de libertad. Examina el uso del “interés superior del menor” como doctrina que habilita la intervención estatal y desplaza la autoridad familiar bajo una retórica protectora. Expone cómo la discrecionalidad judicial y la falta de motivación real consolidan un poder sin contrapesos sobre la vida de niños y adultos. Invita a leer para comprender de qué modo la sumisión puede operar sin violencia visible cuando el control se presenta como derecho.

3. ESTADO, CUSTODIAS Y AUTORIDAD PATERNA 

SOBRE HIJOS, MADRES Y CUSTODIAS    Una genealogía clara y documentada del poder masculino sobre la infancia y la maternidad, desde Roma hasta la doctrina del "interés superior del menor". Este artículo permite entender que el debilitamiento del vínculo filio-materno no es nuevo, sino una constante histórica adaptada a cada época.

EL ORDEN PÚBLICO Y LA VOLUNTAD POPULAR  Este artículo recorre la historia del poder desde la ley de los dioses hasta la ley del Estado para mostrar cómo el “orden público” se convirtió en una herramienta central de subordinación. Analiza el paso de la moral religiosa a la voluntad general como principio incuestionable y el rol de jueces, expertos y tecnócratas como nuevos sacerdotes del orden. Introduce la figura de Cristo no como símbolo espiritual, sino como ruptura política radical con cualquier forma de dominación externa. Invita a leer para entender hasta qué punto la libertad ha sido reemplazada por obediencia bien maquillada.

 DERECHOS INDISPONIBLES: EL CANDADO DE TU LIBERTAD Este artículo desarma una de las ficciones más persistentes del Estado de Derecho: la idea de que la autonomía individual es el centro del sistema jurídico. Explica cómo los llamados “derechos indisponibles” funcionan como un candado que limita la libertad justo allí donde más importa: hijos, cuerpo, trabajo y subsistencia. Recorre sus raíces históricas y muestra su aplicación desigual según clase y poder. Invita a leer para entender por qué la libertad contractual termina siempre donde empieza la verdadera dominación.

 

4. PATOLOGÍAS PARA MADRES E HIJOS

PATOGIZAR PARA CALLAR (NOS) Este artículo recorre una operación de silenciamiento desconocida para quien no pasó por un juzgado: cómo el daño real se convierte en defecto personal, cómo la violencia institucional se borra como causa y reaparece como patología materna. No es un texto de opinión: es una lista, un espejo y una pregunta incómoda sobre qué se castiga cuando una madre no acepta perder a su hijo.

  EL MOTIVO DE PATOLOGIZAR A LAS MADRES  Un artículo que explica por qué la patologización de las madres no es un error ni un exceso, sino una estrategia histórica de control. Analiza cómo el sistema judicial transforma la reacción biológica y emocional ante la separación de los hijos en un supuesto trastorno para deslegitimar la palabra materna y justificar decisiones ya tomadas. Expone las funciones políticas y jurídicas de la psiquiatrización y su efecto directo sobre el vínculo madre-hijo. Sostiene, finalmente, que el derecho ignora de forma deliberada una realidad ontológica previa: el vínculo materno no se negocia, no se sustituye y precede a la ley.

  DIAGNÓSTICOS JUDICIALES Este artículo muestra la fractura radical entre el lenguaje de la salud y el de los tribunales cuando se trata de infancia y maternidad. Contrapone el abordaje médico del sufrimiento infantil con el uso judicial de diagnósticos sin base clínica, como la llamada “alienación parental”. Explica cómo la palabra del niño se borra y se reemplaza por relatos funcionales al expediente. Invita a leer para entender cómo un síntoma que en el hospital se cuida, en el juzgado se castiga.

5. MARCO CONCEPTUAL Y ETIMOLOGÍAS

 BANALIZAR PARA DESTRUIR  Examinemos cómo el pensamiento crítico se diluye cuando las palabras se repiten sin reflexión. A partir de Hannah Arendt, Jean Baudrillard y Pierre Bourdieu, analiza la banalización intelectual como forma activa de violencia simbólica. Muestra cómo conceptos jurídicos y políticos pierden sentido mientras conservan apariencia moral. Invita a leer para recuperar el peso real de las palabras cuando lo que está en juego es la vida concreta.

INGENUA LIBERTAD   Este artículo explora el significado original y la evolución de tres palabras clave vinculadas con la libertad: ingenuo, libertino y manumitido. A través de un análisis etimológico e histórico, se revela cómo estas palabras han sido deformadas hasta invertir su sentido original, mostrando cómo el lenguaje refleja —y moldea— nuestras ideas sobre la libertad, el poder y la sumisión. Un texto fundamental para quienes quieren entender cómo la manipulación del lenguaje redefine lo que consideramos libertad.
 LA TRAMPA DE LA FAMILIA  La familia no nació del amor, sino del poder. Este texto desmantela el mito de la familia como espacio natural de afecto y protección, y lo sustituye por una lectura realista de su raíz jerárquica, patriarcal y funcional al control estatal. Revisamos un poco de historia, etimología y derecho para mostrar cómo el concepto de “familia” encubre estructuras de dominación que, lejos de haber desaparecido, hoy se reproducen con ropaje legal y retórica de derechos. Una reflexión incómoda para algunos, pero urgente para muchos.
 ENTUSIASMO CIEGO Este texto es una reflexión sobre el límite entre la buena intención y el daño involuntario sobre el entusiasmo que ayuda sin comprender y sobre la necesidad de profundidad antes de intervenir en la vida de otros. No ofrece respuestas definitivas sino una mirada honesta sobre la responsabilidad de querer hacer el bien. Te hago una invitación a leer desde la humildad y no desde la prisa
TOMÁS DE AQUINO: SANTO PATRÓN DE LOS PROXENETAS 
Examinemos críticamente el lugar de Tomás de Aquino en la tradición moral y teológica occidental a partir de sus propias afirmaciones sobre mujeres, sexualidad y prostitución. Analiza la función doctrinal de esas ideas y su impacto histórico en la legitimación de la subordinación femenina y de ciertas violencias normalizadas. Señala la contradicción entre la veneración acrítica del autor y el uso selectivo de su autoridad para sostener discursos contemporáneos sobre orden, moral y sexo. Invita a leer para desmontar el pedestal, no desde el anacronismo, sino desde la responsabilidad intelectual de tomar en serio lo que se cita.

6.  FEMINISMO, PODER Y RESPONSABILIDAD POLÍTICA

¿DÓNDE ESTÁN LAS FEMINISTAS?     Un ensayo necesario sobre la instrumentalización del feminismo como excusa o chivo expiatorio. Pregunta por qué se exige más a quienes denuncian que a quienes gobiernan. Una reflexión crítica sobre la complicidad estructural del poder —masculino y femenino— con los sistemas de opresión....y la culpa, siempre la culpa.

 FEMINISMOS Y MADRES    Este análisis pone el foco donde muchos discursos prefieren no mirar: en las madres reales y en su ausencia sistemática del relato feminista dominante. Recorre silencios, contradicciones y comodidades que han dejado a la maternidad fuera de la agenda política mientras se proclama emancipación. Interpela a los feminismos que hablan de derechos sin hacerse cargo del cuerpo que gesta, cría y sostiene la vida. Invita a leer desde una pregunta incómoda: qué revolución es posible si quienes paren y cuidan siguen siendo invisibles.

NI MUJER NI MINIFALDA  Este texto cuestiona una contradicción central del discurso contemporáneo sobre la violencia: negar toda causalidad en la víctima cuando conviene, pero atribuirla a su condición cuando resulta útil jurídicamente. No habla de ropa ni de consignas, sino de algo más incómodo: la responsabilidad individual del violento y la tentación de convertir a la víctima en símbolo para sostener un relato.

  MUJERES SOLAS  Este artículo analiza cómo el lenguaje refleja estructuras de poder patriarcales, al señalar que las mujeres, incluso en grupo, son consideradas “solas” si no hay un hombre presente. Se expone cómo esta visión cultural convierte a la mujer sin varón en sospechosa, imprudente o vulnerable, mientras que la compañía femenina no cuenta como compañía legítima. Es una crítica al patriarcado lingüístico que opera en lo cotidiano y que moldea cómo se juzga la presencia femenina en lo público y lo privado.

VIOLENCIA VICARIA: ¿DESCUBRIMIENTO O INVENTO?  Una crítica al concepto de violencia vicaria y su uso institucional. Sostiene que lo que muchas veces se presenta como violencia ejercida por el padre contra la madre, en realidad es violencia institucional ejercida por jueces, equipos técnicos y tribunales que ignoran el relato de los niños y castigan a quienes los protegen. El texto compara las narrativas de “violencia vicaria” y “alienación parental” como formas de encubrimiento de la responsabilidad judicial. Reclama respeto a la voz de los niños, y denuncia que el sistema no escucha: etiqueta, silencia y ejecuta.


 7. ABORTO, NATALIDAD  Y CONCIENCIA ÉTICA

 HOMBRES CONTRA EL ABORTO     Una respuesta irónica y educada a los varones que se oponen al aborto desde su pretendida superioridad moral, pero sin asumir sus responsabilidades. El texto no defiende el aborto como ideal, sino como realidad social hasta que las condiciones de libertad real para gestar, en paz y sin miedo, existan.

NATALIDAD Y MADRES  ¿Y si solo nacieran hijos deseados por sus madres? Este texto propone una idea radical: liberar la natalidad del control patriarcal para devolverle a las mujeres el poder sobre la vida. Un ensayo que incomoda a todos los sectores.

  ¿QUIÉN MATA MÁS? LA PREGUNTA EQUIVOCADA  Desmonta la falacia que pretende comparar aborto con homicidio, mostrando cómo se trata de una estrategia discursiva que omite contextos sociales, legales y médicos. Señala que el aborto no es una acción individual sino una decisión condicionada por múltiples factores. Reivindica la libertad de las mujeres a decidir sobre su maternidad como un acto de dignidad y responsabilidad, y denuncia que quienes se oponen al aborto suelen ser los mismos que no defienden una vida digna para quienes ya nacieron.

LA ILUSIÓN DEL CASO EMBLEMÁTICO Analiza cómo la visibilidad, que alcanzan algunos casos de madres deshijadas, lejos de proteger, suele enfriar expedientes, desgastar vínculos y volverse contra la madre dentro del proceso judicial. No habla de épica ni de héroes: habla de tiempo, papeles y obediencia. 

  ENTUSIASMO CIEGO Es un texto que reflexiona sobre el riesgo de ayudar desde el entusiasmo sin conocimiento profundo del alma humana. A partir de una experiencia personal y del pensamiento de Steiner e Ingenieros, explora cómo la buena intención puede volverse dañina cuando no está acompañada de madurez y comprensión. Plantea la tensión entre prudencia y acción, entre responsabilidad y urgencia vital. Invita a leer como ejercicio de autocrítica honesta sobre cómo, por qué y desde dónde intervenimos en la vida de otros.


8. MEMORIA, IDENTIDAD Y AFECTOS


PERTENENCIA   Reflexión personal sobre cómo el verdadero sentido de pertenencia no siempre se ancla a los lugares, sino a las personas que habitan nuestros afectos y dejan huellas en nuestra historia.

  CIERRE INAUGURAL   Una meditación sobre los finales que no buscan redención ni retorno. Porque aceptar el cierre también puede ser un acto de libertad, dignidad y comienzo. Pensé en mí y en ti. En todos los que conseguimos cerrar ciclos.

  EL CANAL DE LA ALEGRÍA  Reivindicación del poder de nombrar y del valor simbólico del cuerpo femenino frente a los intentos de borrarlo o degradarlo desde el lenguaje. Una defensa poética y política de la hembra humana y su maravilloso órgano sexual y reproductor. Allí  se encuentran la vida y el placer.

¿EMPATÍA REAL O DE MANUAL?     Hablemos sobre la necesidad urgente de vínculos sinceros en tiempos de positividad vacía. Este artículo desenmascaramos la cultura del eslogan y de las respuestas automáticas que reemplazan la verdadera escucha. Propongo una empatía sin fórmulas, hecha de presencia, palabras pensadas y disposición a sostener el dolor ajeno sin silenciarlo. Un texto para quienes ya no soportan la superficialidad.

 SILENCIO HORMONAL  Una reflexión íntima y serena sobre la menopausia, alejada de dramatismos y eufemismos. Narro el final del ciclo menstrual como una transformación natural que trae consigo descanso, autoconocimiento y una nueva forma de habitar nuestro cuerpo. En lugar de pérdida, veo una plenitud tranquila que se disfruta en silencio, sin presiones externas ni relojes internos.

9. POESÍAS SOBRE MATERNIDAD Y PROCESOS JUDICIALES

CARDIOCONTRATO Es un poema que afirma que el vínculo entre una madre y su hija no nace de la ley, ni del contrato, ni del consenso social, sino del cuerpo y del amor que las une. Cardiocontrato nombra una jurisdicción propia —la del corazón— y declara que ninguna autoridad externa puede decidir sobre la vida íntima, cotidiana y simbólica de una niña. Invita a leer desde esa afirmación radical: que hay lazos que no se conceden, no se delegan y no se administran. 

  PROCESO DE FAMILIA  Un poema que nombra el proceso judicial de familia por lo que es: un recorrido de violencia sostenida, desgaste físico y crueldad institucional. Proceso de familia convierte el lenguaje administrativo —audiencias, plazos, escritos— en materia corporal: sangre, vigilia, humillación, resistencia. No hay metáfora consoladora ni épica del triunfo; hay aprendizaje forzado, paciencia estratégica y golpes repetidos bajo una legalidad que hiere. Nos habla de qué ocurre cuando la justicia deja de ser abstracta y se inscribe, día tras día, en el cuerpo y en la vida.

martes, 2 de diciembre de 2025

EL TIEMPO EN LOS PROCESOS DE FAMILIA

El tiempo enemigo: cómo la demora judicial destruye el vínculo.


En causas de infancia, una vez que el juzgado ha desposeído a la madre de su hijo, el tiempo no es un factor más: es el que lo determina todo. Cada mes sin contacto significativo reescribe mapas afectivos. Cada plazo vencido consolida una realidad que luego se legitima como "interés superior". El sistema lo sabe, y controlar el calendario es su manera de controlar el vínculo.

Las demoras judiciales no son espontáneas ni neutras. Funcionan como herramienta de poder que desplaza el conflicto del terreno jurídico al biográfico: mientras los plazos se alargan, el niño reorganiza su apego sustituto y la madre pierde, día a día, capital vincular y procesal. El resultado es previsible: a más espera, menos vínculo; a menos vínculo, más "estabilidad" para justificar que el niño o la niña se queden donde los puso el juez.

Ese daño ocurre en silencio. Los niños pequeños codifican seguridad a través de rutinas y presencias concretas. La interrupción sostenida debilita el recuerdo de su vida anterior en el hogar materno: el olor, la voz, los gestos, las comidas de casa, el perro de la familia, etc. Tras meses sin encuentros, sucede lo previsible: el sistema psíquico prioriza la proximidad posible. La ausencia prolongada se vuelve algo lejano. Tal vez como si esos recuerdos pertenecieran a otra persona o a una vida ajena.

El proceso es progresivo. Durante los primeros seis meses hay ansiedad, búsqueda, síntomas conductuales. Entre los seis y dieciocho meses, sobreviene la adaptación por resignación. Las referencias a la figura ausente disminuyen. A partir de los dieciocho meses se cristaliza una nueva normalidad. El reingreso de la madre a esa nueva vida requiere entonces, según los "expertos" un trabajo terapéutico planificado. Para la madre ser tratada como una extraña en la vida del niño es un nuevo golpe difícil de asimilar.

Mientras tanto, el expediente traduce esa pesadilla vital en lenguaje legal: "no desestabilizar al menor", "mantener entorno actual", "preservar referencias afectivas". En otras palabras, la demora fabrica las condiciones para su propia justificación.

Y el expediente sabe fabricar tiempo. A la madre se le piden pericias en cascada: una evaluación abre otra, que abre un contrainforme, que abre una nueva pericia. Requisitos ejecutados en secuencia y no en paralelo: tratamiento, informes, oficios, cada uno esperando al anterior. Audiencias diferidas por agendas saturadas. Medidas "cautelares provisionales" que se eternizan. Lo provisorio dura lo suficiente como para volverse realidad emocional. Y esto es un término que muchas madres no llegan a entender: creen que "provisional" significa que pronto habrá una medida definitiva. No saben que hay niños que están bajo medidas provisorias durante años y nadie se lo dice.

Hay además un factor determinante en todo esto: admitir errores implica reconocer fallas en informes, decisiones y pericias. La narrativa de la "estabilidad" se vuelve cada vez más costosa de revertir. Y desde una economía procesal básica, sostener lo decidido consume menos recursos que revisar en serio. Es más barato dejar al niño donde está.

El tiempo lo cambia todo. El niño pierde tonos, gestos, códigos compartidos. Pierde la seguridad construida. Quién está, responde; quién no está, deja de ser "base segura". La escuela, el entorno, la familia extendida empiezan a legitimar la nueva realidad. La madre, mientras tanto, pasa de agente a espectadora. Aumenta la reactividad; baja la estrategia. El dolor de las madres en ese momento llega a ser casi insoportable. Muchas enferman: desarrollan enfermedades autoinmunes, estrés crónico, cáncer, úlceras, depresión etc

¿Cómo oponerse a este mecanismo, por muy duro que sea? Con actos. Con ritmo. Con papeles. El antídoto no es emocional: es operativo. Es convertir semanas en acciones. Paralelizar en lugar de secuenciar: tratamiento + pericia + pedido de visitas en curso, no en cola. Estandarizar escritos. Mantener ritmo fijo de presentación: si no hay audiencia, hay escrito; si no hay escrito, hay constancia; si no hay constancia, hay pedido de estado. Y sobre todo: registrar cumplimiento mensualmente. Terapias. Talleres. Cursos. Pedir poco, pero pedir bien. Pequeñas ampliaciones: que las visitas terapéuticas vigiladas pasen de 30 a 60 minutos, de mensual a quincenal. Documentar cada encuentro con lenguaje pericial.

Mientras tanto, gestionar la espera con autocuidado: bloques diarios "no negociables" (sueño, comida, movimiento, foco) durante semanas críticas. Silencio comunicacional en tiempos rojos: la energía va al expediente.

Yo misma usé ese silencio comunicacional por mucho tiempo para preservar mis fuerzas. A pesar de no haber perdido a mi hija, el miedo de que pudiera pasar me acompañó durante todos los años que duró mi proceso. Desarrollé la hipervigilancia sin saber cómo se llamaba. Todavía la tengo. Ahora con su nombre.

Los errores comunes regalan tiempo al sistema: estallidos públicos cerca de plazos, pedidos maximalistas sin base documental, no documentar terapias por considerarlas "injustas", cambiar de estrategia cada mes. Son los que más he observado hablando con decenas de madres a lo largo de estos diez años. A mí misma me sorprende esta cuenta: desde febrero de 2016, fecha de inicio de mi proceso, hasta hoy, diciembre de 2025. Ese es el tiempo transcurrido.

Un tema no menor es el lenguaje. En los juzgados, el lenguaje importa. Esto me lo han enseñado los cientos de documentos judiciales que he leído. Abren puertas expresiones como: "consta en autos que...", "adjuntamos constancia de...", "solicitamos ampliación limitada a...", "proponemos período de prueba de 60 días con evaluación intermedia". Las cierran otras como: "exijo que devuelvan a mi hijo ya", "todos están en mi contra", "no haré pericias porque son injustas", "si no me dan todo, no acepto nada". El juzgado premia la previsibilidad y la proporcionalidad.

Una curva realista promedio para que madre e hijo retomen el contacto tiene diferentes fases.  Podría ser algo así: entre el mes 0 y el 2: terapia parental y solicitud inmediata de visitas supervisadas. Meses 3 al 6: estabilidad en el cumplimiento y pedido de ampliación. Entre el 6 y el 9: actividades estructuradas con el niño, como lectura o juego guiado, con reporte posterior. Del 9 al 12: revisar condiciones de supervisión, proponer salidas breves. Después del año: evaluar transición a encuentros no supervisados con seguimiento terapéutico. Todo esto con constancia documental, tono técnico, objetivos modestos y escalables.

Gobernar el tiempo también es repartir responsabilidades. La madre regula su ritmo, su lenguaje, su dolor. El abogado gestiona oportunidades procesales. El buen terapeuta sostiene emocionalmente. Y la red cercana de amigas o familiares absorbe tareas logísticas y de contención.

Para una madre que vive la catástrofe de haber visto cómo le arrancan a un hijo de su vida, es muy difícil comprender que el tiempo siempre va a jugar en contra si no se le oponen actos. Ella quiere que le devuelvan a su hijo ya.

Cuesta entender que la épica no altera cronogramas; los documentos sí. La política útil, aquí, no es la denuncia permanente, sino la administración meticulosa del calendario: cada quincena con un movimiento real, cada mes con un avance verificable.

No es heroísmo: es método.

Es una situación muy dura y difícil de transitar.

Cuando casi es imposible respirar, es mucho más imposible ser estratégica. Desde aquí, mi abrazo a todas las mamás que viven o han vivido estas circunstancias.

 Isabel Salas


domingo, 30 de noviembre de 2025

LA ILUSIÓN DEL CASO EMBLEMÁTICO

Todo está encendido, pero nada avanza.  Una escena que parece acción, pero es pausa. Hay visibilidad pero el proceso está descuidado.

 

En todos los años que llevo estudiando sobre las retiradas de custodia a las madres, he observado un fenómeno común en todos los países: ciertos casos captan atención mediática y se transforman, artificial y temporalmente, en emblemáticos. Alguien les dice, o ellas mismas llegan a una conclusión que es una ilusión: la visibilidad moverá montañas.

Sin embargo, los expedientes de los juzgados de familia no se conmueven con trending topics. La justicia, cuando se mueve, no suele hacerlo por presión pública. Y si un niño vuelve con su madre, casi nunca es por reparación ni porque el juzgado reconozca un error. Las poquísimas veces en que un niño regresa, suele ser porque alguien más denuncia los abusos que continúa sufriendo —ahora que la madre ya no puede “manipular nada” y el violento resulta imputado. Una profesora, un vecino e incluso otro familiar que observan la situación consiguen en pocos meses que se investigue a fondo lo que la madre (mentirosa, resentida, obstructora, alienadora etc) no consiguió en años.

Esto sucede en contadísimas excepciones. Lo habitual, lo que pasa en los casos que se vuelven bandera,  es que la madre desconcertada y sin poder asumir su nueva realidad, empiece a moverse de acá para allá contando su historia, esperando genuinamente “que alguien haga algo”. Concejales, conocidos, diputados, periodistas....escuchan con empatía pero nada pueden hacer, al final, eso de que los "tres poderes" esté bien separaditos, impide que los diputados puedan influir en una decisión judicial.

Y, en la mayoría de los casos, la madre descuida el expediente judicial, que es donde está la única posibilidad real de volver a ver al hijo que le han arrancado de los brazos. Mientras el mundo sigue al símbolo, el expediente se enfría. Y el tiempo, el arma más eficaz del sistema, hace su trabajo: desgasta vínculos, erosiona memoria afectiva y organiza el olvido.

A lo niños suelen decirles que su mamá esta enferma y debe cuidarse para poder volver a ser parte de su vida. Al dolor de estar sin su madre se une la preocupación de saberlas mal de salud y no poder verlas.

Sin embargo el tiempo apremia y cuanto más pequeños son los niños, antes hay que ponerse las pilas: leer y releer el expediente, entender qué hace falta para que  te permitan tener visitas vigiladas lo antes posible, después sin vigilancia, y si todo va bien —con los tratamientos psicológicos que te impondrán y que tendrás que hacer— empezar, con suerte, a llevarte a tu hijo a casa algunos días sueltos, luego algunos fines de semana. Con los años, tal vez puedas tenerlo en vacaciones.

Este camino de amargura, que hasta ahora es el único que permite a las madres volver a acercarse a sis hijos,  requiere entender una verdad incómoda: a los niños se los lleva el juzgado, y no hay otra forma de recuperarlos que obedeciendo.

Para eso les quitan los hijos a las madres: para que se sometan, acepten tratamientos, y puedan ser humilladas. Servir de ejemplo a otras madres sí, pero el ejemplo que a los jueces les gusta. Madres entrando por el aro.

En la televisión las empoderan. En las ONGs que las rodean, a veces las contienen, otras veces las usan. Pero en ninguno de esos escenarios les devuelven a sus hijos.

Estas madres mediáticas caen, inevitablemente, en otra trampa: el mito del “caso que lo cambiará todo”. Suena bien, es esperanzador, pero funcionalmente inútil. Ellas piensan —ingenua y genuinamente— que su caso es diferente. Y ese pensamiento, aunque falso, les sirve como defensa psíquica. Creer que lo propio es excepcional protege del sentimiento de impotencia, pero desvía energías del único lugar donde aún pueden existir soluciones reales: el proceso judicial.

Así, lo urgente se traslada al escenario público —que premia el drama—, y lo necesario queda relegado. Se pierden plazos. Se dejan de recurrir decisiones clave. Se desobedecen, de forma irreflexiva, medidas judiciales que, aunque humillantes, son muchas veces el único camino hacia el reencuentro con el hijo.

Esa ilusión no es fruto de inmadurez ni de falta de inteligencia. Nace del dolor extremo y de la necesidad de encontrarle sentido. En medio de una crisis aguda, la mente busca una narrativa que ordene la catástrofe. Así empieza el ciclo de repeticiones: “si lo cuento lo suficiente, esto va a cambiar, alguien hará algo”. El relato se  repite hasta fijarse de manera casi mecánica. Y eso permite que la madre actúe sin quebrarse.

Pienso que ese personaje —el que habla, el que da entrevistas, el que sigue contando— resulta más tolerable para la madre en cuestión que la propia herida. Es él quien le permite sostenerse en esa misión mediática.

Por otro lado, los medios de comunicación recompensan tramas simples, antagonistas claros, emociones en primer plano. La figura de la madre conmovedora garantiza atención, aunque empobrezca la comprensión jurídica del caso. No se profundiza en los detalles, en la violencia institucional explicada paso a paso. No se leen los sermones moralistas de los jueces, sólo les interesan el ruido y las lágrimas.

Y así, la exposición mediática crece,  el expediente se vuelve cada vez más frío, mas lejano y más abandonado.

¿Y por qué la visibilidad no revierte medidas judiciales? Sencilla respuesta, porque hacerlo implicaría admitir fallas en informes, pericias o decisiones técnicas. Y el sistema protege su continuidad. Se invocará la “estabilidad del menor” como principio rector para no devolver el niño a su madre. Incluso cuando esa estabilidad sea una ficción construida sobre mentiras, errores o mala fe. 

Las estructuras judiciales sólo modifican lo dictado cuando hay vicios procesales claros o hechos nuevos demostrables. Nunca por escándalo mediático.

A veces, la visibilidad incluso juega en contra. Cuanto más emocional sea la exposición, más fácil será deslegitimar a la madre: impulsiva, obsesiva, manipuladora. Lo que se muestra como clamor público puede convertirse en evidencia desfavorable ante el juez. El personaje mediático termina usándose en su contra en las salas y en los pasillos del tribunal.

En la justicia de familia, quien controla el tiempo, controla el vínculo. Cada mes sin contacto significativo reescribe el mapa emocional del niño. A los tres años, la distancia duele; a los seis, se transforma en identidad. 

Además, el expediente tiene su propia “letra chica”: si no hay constancias regulares de cumplimiento, si no se presentan informes de las terapias, si no hay escritos a tiempo, el sistema interpreta que no hay interés. No escucha  ruido ni pataletas en las redes sociales: lee informes y calendarios.

Convertirse en símbolo tiene costos subjetivos altos. Sostener una identidad pública consume recursos emocionales que luego faltan para sostener la vida cotidiana y el proceso. Las entrevistas, los foros, los lives, los viajes, muchas veces desplazan las pericias, los oficios, las terapias exigidas y hasta el propio empleo. Y ese desplazamiento no se ve, pero tiene un costo. Además, las consignas simplistas que exigen los tiempos cortos de la televisión y los relatos erráticos o exagerados, dañan la causa materna en general. El sistema necesita caricaturas para justificar los arrancamientos y las inversiones de guarda. Y el personaje, sin quererlo, se las sirve en bandeja.

¿Quiere decir esto que la visibilidad no sirve para nada? No. Sirve para otras cosas. Puede disuadir excesos, generar redes de apoyo económico y terapéutico, instalar temas en la agenda pública. Pero no puede, por sí sola, revertir decisiones. No puede reemplazar pericias, tratamientos, oficios, ni el registro de cumplimiento que un juzgado está obligado a mirar. La visibilidad sin proceso es espectáculo. El proceso sin visibilidad puede ser asfixia. La estrategia es otra: jerarquizar el expediente y usar la comunicación como escudo, no como arma.

Para eso, hay recursos mínimos que pueden organizarse incluso en el caos: un calendario procesal claro, recordatorios internos antes de cada vencimiento, una carpeta digital con pruebas ordenadas. Constancias de tratamientos. Asistencia a pericias. Registro sobrio de cada interacción permitida. Comunicación pública  nula o muy medida, verificable, sin acusaciones nuevas y sin decir que niños que están con el padre por orden judicial, en realidad están secuestrados. Esto es un tiro en el pie y lo he escuchado en varios idiomas de diferentes madres. 

La madre necesita un guion con frases vertebrales para no improvisar durante plazos críticos. Coordinación semanal con abogado y terapeuta. Y una red de apoyo que sostenga la visibilidad, para que la madre pueda sostener el proceso.

Porque hay cosas que se pierden si no se realizan en tiempo y forma. Visitas supervisadas que podrían haberse ampliado. Tratamientos que habrían abierto puertas. Pedidos modestos que no se hicieron. Lenguaje técnico que no se usó. El expediente no premia heroísmo: premia constancia y sumisión.

Y cada mes invertido en ruido es un mes perdido en persistencia. La constancia, en estos casos, es la forma más eficaz de resistencia.

No se trata de callar el dolor. Se trata de no entregarlo al espectáculo. La causa materna no necesita mártires virales. Necesita criterio, paciencia, papeles en orden y una narrativa austera. La sobriedad no es frialdad: es disciplina. 

Por ultimo, es necesario decir que los casos emblemáticos, que nacen con la noble misión de visibilizar una realidad cruel, tienen un efecto dominó. Acaban invisibilizando, sin querer, a decenas de miles de otras madres, que piensan que si el caso emblemático se resuelve, los suyos también tendrán solución.O peor, se enfocan en convertirse en mediáticas también.

Grave error, cada madre debe cuidar de su propio proceso y hacer su duro y cruel camino sin dejarse deslumbrar por los focos de la fama efímera propia o ajena.

Desde aquí mi sincero abrazo a todas las madres que están viviendo estos duros años.

Isabel Salas 

 

DIAGNÓSTICOS BLANDOS, CRUELDAD DURA

Diagnóstico o dictamen: cómo se construye una etiqueta Los diagnósticos clínicos formales —los que suenan a manual DSM con esteroides— se su...